Cada
vez
que me encuentro una silla vacía,
abandonada,
pienso
en aquellos bandidos,
desertores,
que
permitieron que aquella silla,
ahora,
en
este instante,
se
sintiera sola,
vacía,
abandonada.
Y
oigo
entre
su madera y la mía
(la
que me canta)
su
dolor,
Y
siento
de
a poco
un
derrumbe,
un
colapso gripal,
una
epidemia viral,
que
se apodera sigilosamente
de
toda mí.

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